Somos una más de las agencias de publicidad de Barcelona, esa pequeña ciudad costera del mar entre tierras, que luchan por conseguir sus cinco minutos de gloria entre las capitales mundiales de la publicidad. Luchamos por conseguir la máxima visibilidad internacional a partir de nuestra cuota del veinticinco por ciento de la inversión publicitaria española, frente al amplio sesenta del que disponen nuestros colegas de Madrid.
Ante este panorama, como podréis adivinar, somos los primeros en reivindicar unas infraestructuras adecuadas para poder ejercer nuestro legítimo derecho a competir en igualdad de condiciones en la economía globalizada: poder ir a Chicago a presentar la última campaña de Orbit sin sufrir más enlaces de los estrictamente necesarios, poder tener la capacidad de escoger línea aérea y horario para ir a Ginebra a la reunión de coordinación de Pepsico, o no tener que pasar la noche en Düsseldorf después de presentar las últimas propuestas de Diadermine.
Hacemos todo lo que está en nuestras manos para que algún día no tengamos que sufrir éstas u otras desventajas.
Pero como publicitarios, preocupados por entender a las personas, por descubrir nuestras motivaciones más íntimas y nuestros rechazos más inconfesables, nos hacemos la siguiente reflexión: es obvio que para la gran mayoría de los asistentes al acto del pasado jueves en el IESE la primera e indiscutible motivación era disponer de las condiciones necesarias para desarrollar nuestra economía en un entorno globalizado, pero ¿para cuántos de ellos no lo era también no estar a más de 3000 pies de altura más horas de las necesarias? ¿o no sufrir indeseables esperas en salas de aeropuerto? ¿o no perderse otra vez el beso de buenas noches o quedarse sin poder acompañar a los niños al colegio? ¿cuántos sólo perseguían llegar a tiempo para la cena delante del fuego en la casa de la Cerdanya?…
¿Hubiera sido la asistencia y el compromiso unánime el mismo si no fueran ellos mismos sujetos pacientes de la indiscutible injusticia?
Foto: La Vanguardia